Saltar al contenido

Frágil como el hielo

8 febrero, 2010
Big Pink, enero de 2009

Big Pink, enero de 2009

  

Mi mujer maneja el auto mientras yo intento hacer dormir al niño. La tormenta todavía no comienza y por los parlantes suena, despacio, The Basement Tapes. Es una redundancia algo cursi, lo sé, pero no puedo evitarlo. Vamos hacia la casa donde en 1967 se produjo esa “conspiración” musical entre Bob Dylan y The Band que todavía hoy suena —según Greil Marcus— como el mapa de una ciudad que sólo existe en el inconsciente de Estados Unidos. Un lugar donde el horror necesario para crear un nuevo país y la alegría de seguir viviendo no pueden separarse. Un lugar donde el rock, el folk, el country, el blues y músicas que ya han desaparecido son un espejo de agua sin bordes.         

Luca finalmente se ha dormido, y Elliotte y yo intentamos no pelear mientras desciframos las instrucciones para dar con la casa de West Saugerties. Estamos pasando un fin de semana en Wooodstock para ir a uno de los Midnight Rambles que Levon Helm, ex baterista de The Band, da en su propia casa. Es un regalo de Navidad de mi mujer, quizás el mejor regalo que alguien me ha hecho. Pero una vez en Woodstock, no podía irme sin haber encontrado la otra casa, la del subterráneo.             

Perdemos la ruta un par de veces. Los letreros no son demasiado claros aquí en las colinas del norte del Estado de Nueva York. Y mientras intentamos conciliar el papel con la realidad, no puedo esfumar de mi mente una vieja obsesión: imaginar cómo habrá sido la vida de mis ídolos en 1967. Veo a Dylan y Robbie Robertson y Levon Helm y Richard Manuel y Rick Danko y Garth Hudson de veintitantos años manejando autos del año con sus guitarras y amplificadores en la parte trasera, un día helado y amenazante como éste, por caminos mucho peores, con todas las aventuras que habían vivido por entonces (y yo nunca viviré); arrogantes, haciendo bromas, pensando en qué iban a tomar esa noche, en dónde conseguir mujeres en medio de los bosques, en cuánta conciencia podían tener de lo que estaban haciendo.           

Y mientras intentamos que una pelea piloto-copiloto no arruine el momento, Elliotte me pregunta sobre la casa, los discos, The Invisible Republic, Dylan y The Band. Yo le respondo, entre mi excitación adolescente y el intento de que no se burle, y ella me escucha con una mezcla de atención y risa contenida.         

La tormenta de nieve está anunciada para la noche, pero parece que va a comenzar en cualquier minuto. Seguimos avanzando entre los pinos y las casas de madera, con la sensación de que podríamos seguir subiendo eternamente y todo estaría bien. Finalmente damos con un camino de tierra llamado Stoll Road, y luego con Parnassus Lane. Vemos un camino angosto, cubierto de hielo. No tenemos cadenas ni neumáticos para nieve.         

Le digo que suba, que todo va a estar bien.           

Elliotte comienza el ascenso despacio, cuidando que el auto no patine. El camino no sólo es de una vía, sino que no tiene salida: el final del final. Tras una loma, aparece la casa al otro lado del parabrisas, tal como en la famosa foto del disco, quizás porque entre el camino y el bosque no hay más espacio para retratarla de otra forma.         

Estacionamos y dejamos a Luca durmiendo su sueño frágil, esperando que el auto no resbale por la ladera cubierta de hielo.         

El aire corta la cara y hace visible mi respiración eufórica. No se oye nada más que nuestros pies sobre la nieve. Nadie parece moverse dentro de la casa y respetamos las indicaciones de sus propietarios en la página web: ser respetuosos, tomar la foto desde el otro lado de la calle. Con el brazo estirado y el lente apuntando hacia nosotros: una, dos, tres. Luego, un par de la casa.   

Ahí está, me digo. Ahí está el subterráneo. Detrás de esa puerta blanca. Ahí mismo. Los atardeceres y amaneceres llenos de guitarras, el mundo que no me tocó vivir. Ahí, justo ahí.       

Una foto nos mostrará sonriendo, mi mujer más hermosa que nunca, y yo como un niño que no sabe qué hacer con su alegría.   

¿Vamos?, me dice Elliotte rompiendo el silencio, súbitamente más adulta que yo.          

Y yo la miro y, a diferencia de esa vez que lloré solo mientras me alejaba del cruce peatonal de Abbey Road para comenzar a recorrer Londres como si hubiera perdido algo, no opongo resistencia. Creo que hace un tiempo que entendí que todo esto —mis ideas sobre el rock and roll, mi necesidad de ver y tocar para seguir creyendo— sólo existe en mi imaginación y la magia efímera de los discos; que hace frío, que después del invierno vendrá otra vez el verano, y que tengo a alguien a quien alimentar, que llorará en cualquier minuto sin saber qué hace sobre el hielo.        

En el camino de vuelta no ponemos música. Cuando Luca abre los ojos, los tres volvemos al presente por una carretera que nunca fue tan estadounidense ni tan real como entonces.

Advertisement
Sin comentarios aún

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.